jueves, 28 de mayo de 2015

POEMA DE OTOÑO, un poema de Simona Sáez Ramírez

Bodegón en Verde, de Concha Ibarra

¿Qué artista  comió
y se fue a continuar su obra?


Sin calefacción, ¡para no dormirse!



Recuerdos de un piso de estudiantes
asoman a mi mente.





Recuerdos de un amor fugaz


y mágico.





Fueron días de luz,


querido otoño del noventa y dos.





Que bueno haberte conocido.


Que bueno saber que existes.





La humildad,


la no necesidad de nada,


todo se llenaba, tan solo, con tu presencia.





Ese pavimento de flores sin color,


de puro antiguo,


esa mesa imperfecta y el flexo,


para pegar con cola las hojas de otoño a tu panel.





Otoño del noventa y dos, te lo debo.

 

martes, 19 de mayo de 2015

VERANO, Un poema de Manuel Machado



Frutales
cargados.
Dorados
trigales...

Cristales
ahumados.
Quemados
jarales...

Umbría
sequía,
solano...

Paleta
completa:
verano.

viernes, 15 de mayo de 2015

"Don Antonio" - Un poema de Carmen Martagón Enrique


Bendita Generación “Don Antonio”
esa de Soledades Castellanas,
esa de guerras y caminos,
esa de caminantes ya dormidos,
la que vive esperando madrugadas.

Hoy el tronco seco revive en sus poemas,
en los versos que los niños recitan,
en aquellos corazones que esperan,
en los juncos que bañan las orillas
y en los campos que, en primavera, verdean.

Reviven, Don Antonio, panales y acequias,
el rojo color de las hogueras,
los caminos que llevan a otras tierras
en aquellos vagones de tercera
o ese sol de Sevilla en primavera.

Reviven en los sueños
las alondras y gorriones con sus trinos silvestres,
las macetas, los patios, los rumores de fuentes,
los verdes limoneros cuya sombra se siente,
reviven en nosotros, mientras usted se duerme.

Usted se marchó, Don Antonio
y nos dejó éste sueño de poemas,
dejó versos de amor y del pasado
y partió a buscar aquella niña,
que se quedó dormida entre sus brazos,
llorando por un tiempo enamorado.

Carmen Martagón

Gibraleón, 08 de Mayo de 2.015

domingo, 3 de mayo de 2015

PREÁMBULO A UN SILENCIO. UN POEMA DE ANGEL GONZÁLEZ.

Porque se tiene conciencia de la inutilidad de tantas cosas
a veces uno se sienta tranquilamente a la sombra de un árbol
en verano
y se calla.

¿Dije tranquilamente? falso, falso:
uno se sienta inquieto, haciendo extraños gestos,
pisoteando las hojas abatidas
por la furia de un otoño sombrío,
destrozando con los dedos el cartón inocente de una caja
de fósforos,
mordiendo injustamente las uñas de esos dedos,
escupiendo en los charcos invernales,
golpeando con el puño cerrado la piel rugosa de las casas
que permanecen indiferentes al paso de la primavera
una primavera urbana que asoma con timidez los flecos
de sus cabellos verdes allá arriba,
detrás del zinc oscuro de los canalones,
levemente arraigada a la materia efímera de las tejas a
punto de ser de polvo.

Eso es cierto, tan cierto
como que tengo un nombre con alas celestiales,
arcangélico nombre que a nada corresponde:
Ángel
me dicen
y yo me levanto
disciplinado y recto
con las alas mordidas
quiero decir: las uñas
y sonrío y me callo porque, en último extremo,
uno tiene conciencia
de la inutilidad de todas las cosas.